En la playa
Pocos lugares tienen tanto esparcimiento físico y mental como las playas. Bueno, algunas de ellas, claro. A mi me encanta acercarme a la playa con los amigos, pasar un rato agradable en su compañía. Son momentos que no los cambiaría por nada, la verdad. Momentos de relax, de confesiones, de risas y más risas. De desconectar del mundo que nos sucumbe en su absurdo sistema de rutina...
Me encanta acercarme a la orilla de la mar, en femenino, porque es mujer. Sentir mis pies desnudos con ansias de libertad, mojar mi vida en sus aguas, sumergirme entre las olas hasta fundirme con la espuma marina, sentir en el cuerpo el tacto salado de su materia y en mi piel, el olor natural a su esencia. Me gusta ver a la gente, observar como con una parsimonia no muy habitual en sus vidas transcurre el día para ellos:
La pareja de enamorados a mi izquierda, besándose sin parar, como si quizás no tuvieran en un futuro inmediato más oportunidad de hacerlo. Hacen bien, desde luego. Un poco más abajo, un grupo de chicas jovencitas, adolescentes ellas, mostrando su belleza sin pudor alguno, riendo, hablando mientras intentan mojar sus finos cuerpos en la fría agua de la orilla. Justo enfrente de mí, unos chavales no tan jóvenes que las miran con quizás no tan ligera apetencia mientras beben cervezas y fuman unos porros. Igual de observador está el padre que intenta bañarse con su hijo pequeño en el agua, mientras la madre y esposa mira, de pie desde la arena y embarazada como está, a lo que ella considera casi con total seguridad, todo lo más importante de su vida. A mi derecha una pareja de treintañeros; ella se echa crema de protección solar por todo su moldeado cuerpo, poniéndolo más reluciente si cabe, mientras él, dándole la espalda, ojea el apartado de deportes del periódico “La Provincia”. Un poco más arriba, un matrimonio con mucha hagiografía a sus espaldas, y dos hijos a su alrededor, uno de los cuales, el chavalillo, juega en la arena con una pala, un rastrillo y un cubo de plástico, mientras la otra, la niña, lee la revista “You” llamando a la puerta de una nueva fase de su vida: la adolescencia. Y mis amigos, hablando a ratos, casi gritando a otros, sobre el Barça, el Madrid y otros equipos de la liga. Y no me olvido de la pareja de picoletos que desde el paseo de la playa, y ocultos bajo las gafas de sol, observan todo lo que se les pone enfrente, yendo y viniendo todo el rato, mirando quizás con envidia, quizás no, todo lo que acontece en la arena y en el agua.
Es una tarde de playa. Como otra cualquiera, supongo.

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